Verdes azulados, azules verdosos
Imagen sacada de internet
"Hay un silencio donde no puede haber
sonido, en la fria tumba
bajo el inmenso, inmenso mar."
El piano
A veces me imagino arrastrada, no sé bien por que cosa o tristeza a las profundidades, donde no hay luz brillante, ni ruido, sólo un agua opaca y oscura que lo invade todo. Es un miedo absurdo, de mi infancia, creo. Los domingos paseábamos por el muelle de Gijón, ahora puerto deportivo, donde no había barandilla ni ningún tipo de límite físico que pudiera evitar asomarse y mirar hacia abajo, sólo unos enormes bolardos de hierro negro donde los pescadores amarraban sus barcas. Era un muelle para pescadores, sin el encanto idealizado de lo antiguo, que ahora tanto nos gusta, simplemente un lugar de trabajo, donde los días eran duros y las noches frías. Luna, Rosa o San Antonio y otras embarcaciones pequeñas, algunas mejores que otras, repetían nombre o color, arreglándose añadiendo un número dibujado toscamente al lado, algunas estaban más cuidadas en su caligrafía, seguramente en casa alguien presumía de dotes artísticas. Las barcuchas se balanceaban suavemente sobre las aguas verdes oscuras y el viento silbaba colándose entre las quillas.
Y yo me asomaba con cuidado, veía el envoltorio de un caramelo de eucalipto, hojas, quizá de los árboles del parque cercano, una cuerda amarilla desgastada y deshilachada que parecía estirarse y encogerse al ritmo del vaivén.
Yo enseguida me alejaba del borde, olía a salitre, a pescado, a aceite de motor usado. Yo buscaba a mis padres que caminaban despacio hacia un banco donde sentarse al sol, mi hermana corría delante. Tardes de domingo en primavera, cuando ya prestaba salir a pasear después del invierno que nunca parecía terminar, pero a mí me daba miedo el mar, caerme y hundirme en la profundidad desconocida donde no hay nada, o eso dicen, más terrible aún si cabe para la imaginación de una niña de ocho años, así que me aburría tontamente en esos paseos donde mirara donde mirara había agua; estancada junto al puerto, en el movimiento del oleaje en la playa, en un horizonte lejano y azul que me observaría también a mí a desgana, sólo deseaba volver a casa donde un mundo más a mi medida me esperaba en mi habitación, entre libros y lapiceros. Es verdad que la infancia es la patria del hombre. Y de la mujer.
Así poco a poco en el inconsciente empieza a crecer una fobia, un dolor, una inquietud, un desasosiego, algo que te advierte, que te aleja. No lo puedes evitar, tu mente prefiere sentir la tierra firme bajo tus pies, y tus pulmones inspirar y espirar, con la seguridad que da no precipitarse, aunque también te caigas muchas veces, y sorprendentemente desarrollas una habilidad ingeniosa para apreciar la belleza que envuelve tal acumulación de agua, porque una cosa no quita la otra, acabas clasificando los diferentes tipos de verdes azulados y azules verdosos, los blancos marinos y las crestas de las olas, dependiendo de las horas del día y las estaciones. Sigo pensando que ese territorio no nos corresponde, que en esa profundidad lo misterioso manda y por ello sólo podemos habitarlo en los sueños. Puedo estar equivocada. Soy humana, no pez.




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