Palabras que se quedan


Quizá tengas un momento y desees quedarte entre estas palabras que te esperan. Es muy fácil, sólo tienes que leerlas en voz alta si quieres o en silencio si prefieres. A veces la sencillez es el mayor de los argumentos para conseguir que alguien encuentre su propio pensamiento, entre palabras que se quedan cálidamente reposando como un buen vino.












miércoles, 25 de agosto de 2010

Fosas tristes, tristes fosas


Hace tiempo escribí este cuento-relato-historia, basándome en cosas que mi padre me contó de su niñez, una niñez dura pero que él siempre recuerda emocionado y con un brillo especial de añoranza en sus ojos. Hoy en día mi padre tiene ochenta y tres años, pasó una guerra incivil como dijo Unamuno y no guarda ningún tipo de odio aunque sí mucha pena. La guerra fue cruel y dejo muchos recuerdos. Mi pequeño homenaje para todas las victimas, especialmente para aquellas que aún lo siguen siendo desterradas de sus propios nombres pero no olvidadas, aunque muchos lo intenten.



Era una fría mañana de un més de Octubre que ya se terminaba, Tanicho acababa de despertarse, ya su madre trasteaba en la cocina, allí junto al fuego, cocía mondas de patatas y pan duro para dar a los cerdos. Tanicho se lavó la cara con el agua que había en la palangana, y sin secarse apenas, salió corriendo.
 ¡Madre, marcho!- gritó, camino de la casa del Tío Lindo. La niebla había bajado hasta Boiro, el bosque más ocre que nunca, se llenaba de hojas y secretos, convertidos en murmullos animales. La casa del Tío Lindo era la más grande, con un gran patio de piedras grises y negras que brillaban con la lluvia, el corredor de madera de roble parecía flotar en el aire, sólo la voz del Tío Lindo emergía real y sonaba inquebrantable y atronadora.
- ¡Neno, ¿comiste algo?!
- No me dio tiempo.
- Toma esto y sal ya, que tengo  las ovejas cabreadas y llévate al Moreno contigo.
El sendero subía recto hacía los prados de la Fuentona, los castaños despojados de su carga se asemejaban a enormes rocas de largos brazos serpenteantes, que quisieran atrapar a todo aquel que se acercase a sus gruesas cortezas cubiertas de heridas, cicatrices, surcos maravillosos por donde corrían en un sin sentido lógico, libres las hormigas, y las arañas tejían incansables, delicadas telillas que parecían de cristal. Ensimismado se encontraba Tanicho, mirando aquel paisaje sin límite, que conocía tan bien a pesar de su corta edad, en su soledad y rutinas de cada día nada podía echar de menos, pues para él, su bosque lo era todo y llenaba de sentido su felicidad infantil e ingenua, desbordante de ilusiones y trabajo, que el asumía con una gran responsabilidad.
El Moreno se detuvo de repente y el rebaño de ovejas hizo lo mismo, hasta se diría que se habían puesto de acuerdo para permanecer calladas. Allí al final de la senda, una figura parecía recortarse entre la maleza, larga y oscura al principio, que empezaba a caminar hacia él. Moreno levantó las orejas y emitió un leve gruñido, mientras emprendía una pequeña carrera en busca de la sombra. Por un momento ambos, figura y
perro parecieron fundirse, asombrado Tanicho apenas controlaba su respiración, paralizado vio como la sombra se convertía en hombre, y el Moreno a su lado, movía la cola alegremente.
- ¿Y tú quien eres?, ¿eres pastor? - le dijo el hombre de rostro anguloso y mirada azul.
- Cuido estas ovejas pero no son mías, - respondió el niño muy nervioso y temblando.
- ¿Crees que soy un ladrón? No lo soy, soy un luchador por la libertad.
Tanicho abría los ojos descomunalmente y titubeando, solo acertó a decir:
¡Eres un rojo!
- ¡Guaje, ¿qué sabes tú de los rojos?! - le preguntó mientras encendía un cigarro y una sonrisa se asomaba a su cara.
Tanicho no contestó se limitó a bajar la vista, y observó las botas sucias pero no muy gastadas de aquel sujeto, armándose de valor le echó un vistazo rápido, lo que más llamó su atención fue el fusil que colgaba de su hombro derecho. El hombre consciente de la curiosidad y la desconfianza que provocaba en el niño, se acercó más a él y agachándose se colocó a su altura, le miró a los ojos, y suavizando la voz empezó a hablarle despacio.
- ¿Estás tú solo aquí?, ¿cómo te llamas?
- Tanicho, tengo siete años, bueno casi ocho, vengo todos los días, y siempre solo, los mayores están ocupados en otras cosas y me pagan a mí – dijo inclinando la cabeza hacia un lado, y arrugando la nariz.
- Sabes que eres muy valiente, pero tienes un nombre muy raro.
- Me lo puso un tío de mi padre, la verdad es que me llamo Estanislao.
- Ah claro, vaya nombre para un crío, de izquierdas debe de ser ese tío tuyo… y un poco confuso debe de andar… -dijo levantando las cejas y haciendo una O inmensa con la boca al mismo tiempo, una mueca que Tanicho no entendía al igual que lo que decía y no era la primera vez que le pasaba; los mayores tenían la manía de hablar de extrañas maneras, a veces decían una cosa pero querían decir otra, todo muy complicado.
- ¿Es verdad que los rojos os coméis a los niños?- acertó a decir.
- ¿Qué mentiras te cuentan? La próxima vez que te digan eso, diles que comemos pan bendito y cordero de Dios y que bebemos vino en abundancia como hacen ellos. Por cierto, ¿no tendrás nada para comer?. Cualquier cosa, me da igual, cuando llegue a mi destino ya comeré bien, me esperan unos amigos, tenemos una revolución que empezar. Vengo de lejos, ¿sabes dónde está Mieres? Supongo que no - y se quedó inmóvil y callado.
Tanicho, poco sacaba en claro de todo aquello que le contaba el hombre. ¿Qué era una revolución?, ¿Mieres, sería un pueblo?. Un día su padre le había dicho que Asturias era muy grande (eso lo dudaba), y muy guapa (eso sí). Recordaba que en el libro de la escuela, cuando le dejaban ir y no le mandaban con las ovejas a cambio de unas perronas, había visto un dibujo de un mapa, que el señor profesor dijo, se llamaba España, y arriba, sobre una manchita verde, ponía con letra también muy pequeña, Asturias. Quizá Mieres estuviera en la mancha amarilla, que era más grande y por lo tanto seguro que más importante y estaba justo debajo.
- Tengo un trozo de tocino, y pan de hogaza. También tengo unas castañas que cogí por el camino.
- Te cambio el pan y el tocino por un reloj.
- A ver, enséñamelo - cada vez le caía mejor aquel tipo.
Sin quitarle la vista de encima el hombre rebusco en el bolsillo superior de su cazadora
de pana marrón, y exclamando ¡voilà!, apareció un reflejo plateado entre sus largos
dedos.
- Este reloj, es muy importante, él me dijo la hora exacta para empezar a luchar y me acompañó en todo momento con su latido, ¿escucha?, - se lo acercó al oído -también me dijo la hora de la muerte de un buen amigo, y ahora me marca el encuentro contigo. ¿Ves?

Era verdad, había escuchado algo, como un susurro, rápidamente se sacó los mendrugos del pantalón raído y se los ofreció al extraño, que depositó el reloj sobre sus manos, notó que estaba caliente, y que pesaba, con una gran sonrisa le miró.
- Guaje éste será nuestro secreto, tú no me has visto por aquí, ¿entiendes?
- No te he visto por aquí, no he visto a nadie - dijo en voz alta, mirando el precioso artefacto de agujas puntiagudas.
- Eso es. Así me gusta - alejándose se marcho sin mirar atrás, seguido de cerca por el Moreno durante unos segundos. Rebuscando en otro bolsillo se sacó otro objeto, similar al que acababa de cambiar. Las diez, debería avivar el paso, y esconderse, no quería sorpresas imprevistas.
Tanicho no daba crédito a lo que le había sucedido, de la noche a la mañana se había hecho propietario de un maravilloso reloj de bolsillo que cualquier hombre querría tener, incluso mucho mejor que el que tenía Tío Lindo, ¡a donde iba a parar!, no se lo diría a nadie, no vaya a ser que se lo quisieran quitar, que los mayores por serlo y mandar, todo lo quieren.






2 comentarios:

Lola dijo...

Perdí a mis abuelos Hermenegildo y Francisca en aquella guerra que tantas vidas nos robo. A día de hoy no tengo palabras suficientes para agradecer a todos y todas los que dieron sus vidas por conseguir algo tan legitimo como la libertad de expresión que en aquel entonces estaba coartada. Genial el relato. Un beso

Curiyú dijo...

Precioso relato sobre esas pequeñas cosas que se cuecen por debajo de los sucesos terribles de una guerra. Pero precioso!